Historias

Vía Flaminia. El cucurucho más grande de la icónica heladería de Zona Norte.

La heladería Via Flaminia, en Acassuso, es famosa por sus cucuruchos gigantes bañados en chocolate. Es tan representativa para el barrio que hasta Fernando Araujo la eligió como punto de encuentro con Luis María Vitette Sellanes, alías el «Hombre del traje gris», para planificar el robo el Banco Río del 13 de enero de 2006. La escena aparece en la película «El robo del siglo», con Diego Peretti y Guillermo Francella, y como dato de color: de extras participaron algunos de los verdaderos ladrones del golpe. Tanto en la vida real como en la ficción, desde hace 55 años jóvenes y adultos peregrinan en busca de estos cucuruchos que miden desde 60cm hasta un metro de largo.

Avenida del Libertador al 14699, allí abrió sus puertas Via Flaminia en 1965 y desde entonces conserva su esencia y fachada característica. Fue fundada por Antonio Capraro, un inmigrante italiano de la región de Véneto, y por su mujer Amparo (quien actualmente tiene 89 años y casi todos los días se la puede ver en la heladería). Don Antonio, como lo llamaban cariñosamente los vecinos del barrio, antes de incursionar en el mundo de los helados había sido chofer de larga distancia. Fue recién en 1960 cuando instaló su primera heladería en Villa Ballester y la llamo «Venecia», en honor a su tierra. Allí aprendió los secretos de las recetas y la importancia de la buena materia prima.

En 1965 le surgió la posibilidad de comprar un local en una pintoresca esquina de Acassuso (donde se encuentra actualmente) y la nombró «Vía Flaminia», en referencia a una de las calzadas del Imperio Romano que comunicaba Roma con el norte de Italia. Antonio tuvo dos hijas mujeres, no por nada, su color preferido era el rosa. El color en sus diferentes tonalidades (desde pastel hasta fucsia) está presente en todas partes del local: paredes, heladeras exhibidoras y maquinaria italiana. Y junto a la escalera caracol en el centro del local se volvieron un sello distintivo de la marca.

Sandra, la hija de Antonio, nació un 11 de marzo. Habrá sido el destino, pero justo en esa fecha se festeja el día del Heladero. A ella siempre le apasionó la heladería y desde muy pequeña sentía que ese era su lugar en el mundo. «A la salida del colegio veníamos a ayudar a nuestros padres con el negocio familiar. Recuerdo que a los nueve años le dije a papá qué quería acompañarlo en el despacho de la noche. Primero ayudaba con la caja y con las tacitas. Y de mirarlo, aprendí cómo era la técnica para servir los cucuruchos», expresa Sandra a LA NACIÓN. Hoy en día ella continúa con el legado familiar y admite que su hija también aprendió a servir los cucuruchos a la perfección.

La especialidad de Via Flaminia
La especialidad de Via Flaminia Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi

En aquella época, como había poco consumo de helado durante el invierno todas las heladerías solían permanecer cerradas. Don Antonio fue un visionario y se animó a probar suerte durante esa temporada. A pesar del frío los vecinos del barrio se tentaron con sus sabores clásicos: vainilla, dulce de leche, limón, frutilla, americana y chocolate. Como siempre fue muy creativo, un día se le ocurrió idear un cucurucho bañado en chocolate bien alto para llamar la atención de los más pequeños. Al principio el helado se le cayó varias veces hasta que descubrió cuál era la técnica correcta. Primero incursionó con el de americana bañado en chocolate hasta que por pedido del público incorporó más sabores. Fueron los mismos clientes los que lo bautizaron «pinito» o «espada» por su gran altura (llega a medir desde 60cm hasta un metro).

Son las cinco de la tarde de un viernes en pleno verano y el heladero Fernando López, que hace ocho años que trabaja en la heladería, está despachando la gran estrella de la casa: el cucurucho bañado. Un niño con sombrero de pirata le pide uno de dulce de leche. Fernando sonríe y se prepara para la técnica: toma más de ¼ de helado, lo vierte suavemente en el cucurucho y al instante lo da vuelta. Luego le da unos pequeños golpes para estirarlo hasta que llega a la medida deseada (más de 60cm). Después lo sumerge en chocolate líquido tibio y por último le da un shock de frío en un balde congelado (a 18 grados bajo cero) para enfriarlo. De esta forma se endurece y evita que se caiga. «Se requiere de mucha técnica y el secreto está en la textura del helado. Es más fácil y quedan más altos los sabores lisos como el de americana o el dulce de leche. Los de frutas secas cuestan mucho más.», dice Fernando, mientras le entrega el pedido a una nueva clienta, una alemana que lo filmó durante todo su show de producción y al instante lo compartió en Instagram.

Los sabores que más salen del «espada» son el de dulce de leche, americana, vainilla y chocolate amargo. Muchos se lo piden para comerlo solos y lo logra terminar, mientras que otros optan por compartirlo. Los más pequeños se desesperan por probarlo, a los millennials les encanta para sacarse una foto y compartirla en sus redes sociales y muchos adultos reconocen que al volverlo a pedir les recuerda a su infancia. «Cuando vemos las caras y las sonrisas de los más chiquititos con su helado nos quedamos maravillados, es algo mágico. No importa la edad que tengas, siempre digo que al comerlo todos vuelven a sentirse pequeños otra vez», dice Sandra. Y entre risas agrega: «es un clásico de la heladería salir todos enchastrados. El piso también es testigo de todas las gotas de distintos sabores de helados que se le van cayendo a los clientes».

En el fondo del local todos los días, tanto a la mañana como a la noche, realizan la producción de los helados de manera totalmente artesanal. «Las recetas se mantienen siempre iguales y los proveedores también son los mismos. Creo que esto es parte de nuestro secreto.», reconoce Sandra. Actualmente tienen más de 50 sabores en la cartelera, pero van variando según los productos de estación. Por ejemplo el año pasado fue un boom el de sauco y este año lanzaron el de pomelo que tuvo gran aceptación. Y al describir los sabores preferidos de su clientela detalle: «el clásico de los argentinos es el dulce de leche en todas sus formas (Súper dulce de leche, granizado, con almendras). Hay mucha gente que viene por el limón, sambayón, chocolate amargo y los extranjeros piden mucho menta, pistacho y marrón glacé».

Héctor Barrionuevo empezó a trabajar en la heladería cuando tenía 18 años y ahora es el empleado más veterano de la casa. Todo el barrio lo conoce y es todo un experto en la preparación de las copas de helado. «La que más sale es la de «Bombón escocés» que trae helado de chocolate, almendrado, dulce de leche, salsa de chocolate y nueces», expresa y admite que para él la heladería es como su familia. Aldo Sale, el maestro heladero, también está hace muchísimos años y conserva todas las recetas originales desde la apertura de la heladería. Miguel Ángel, mejor conocido como Rocky, es otro de los empleados icónicos. «Empecé a trabajar en la heladería cuando tenía 17 años y aprendí cómo era la técnica del cucurucho bañado. Hoy en día continuamos con lo que empezó Antonio. El cucurucho gigante se convirtió en un clásico, es famoso en Argentina y todo el mundo. Cada vez vienen más extranjeros a probarlo», dice.

La clientela es la misma desde hace años. En busca de sus helados también pasaron por aquella esquina artistas, periodistas y figuras del espectáculo y el deporte como Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Guillermo Francella, Marcelo Gallardo, Enzo Francescoli, Mónica y César Mascetti, entre otros. «Muchos clientes recuerdan a la primera heladería de Villa Ballester. Otros tuvieron su primera cita acá, se pusieron de novios y ahora traen a sus hijos y nietos. Y algunos que se fueron a vivir al exterior cuando están en Buenos Aires vienen de visita. También están los que religiosamente pasan todos los días a disfrutar sus sabores preferidos. Siempre somos los mismos, nos crecímos juntos y es como una tradición volver acá», concluye, Sandra, orgullosa.

El recuerdo del robo del siglo:

La preparación del cucurucho de 60 cm
La preparación del cucurucho de 60 cm Fuente: LA NACION – Crédito: Santiago Filipuzzi

El líder de la banda, Araujo, y Vitette Sellanes eran vecinos del barrio. Sandra recuerda el día del robo al Banco Río como si fuera ayer. «Antes del mediodía el barrio estaba súper tranquilo, la heladería está a dos cuadras del banco. Después empezaron a caer los patrulleros y los vecinos no entendíamos qué estaba pasando. Hasta me acuerdo el momento que pasó la moto con el delivery de las pizzas que le había pedido el «Hombre del traje gris» a Miguel Sileo, del Grupo Halcón. Muchos vecinos que tenían pertenencias en el banco se acercaron a la heladería desesperados», admite. En la película «El robo del siglo» aparece la escena en la que se conocen en la heladería Araujo (Diego Peretti) y el Vitette Sellanes (Guillermo Francella) y comienzan a idear el gran robo millonario. Como extras aparecen los verdaderos ladrones: Norberto García Boslter, llamado «El ingeniero» y Rubén Alberto De la Torre. Uno de ellos disfruta el cucurucho gigante bañado en chocolate.

(La historia fue publicada el 11 de febrero de 2020 en LA NACIÓN)

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